Regreso Ilustrado 2: Si esto es Chacarita entonces son las 6:30

Buenos Aires se despierta y no sabe qué hora es.
En la postal de toda ciudad con la que ilustraban los cuentos que leía cuando niño siempre había relojes en la ciudad. Sea en el frente del banco, en un poste en la plaza, en la iglesia... los habitantes aún de pueblos chicos podían saber la hora sin tener reloj, llamar al 113 o mirar en la tele. No es lo que pasa en Buenos Aires, donde no hay suficientes relojes públicos. No suficientes para mí, en todo caso.
Aquellas veces en las que quiero saber la hora sin preguntar y sin sacar la Palm de la mochila (la forma más inmediata de averiguar la hora que tengo) busco y busco en las alturas y en los interiores de los negocios, y es de festejo el día en que encuentro así la hora.
Lo que es seguro, y esto lo tengo en claro, es que no pretendo que el gobierno ponga relojes por todos lados. Prefiero que gasten la plata en otra cosa, y no digo cuál, pero otra cosa de las que hace más falta. Pretendería que los comerciantes pongan relojes grandotes adentro de sus locales, bares, bancos, pizzerías. ¿No le encuentran utilidad a que sus empleados o clientes sepan la hora? ¿Cómo es la cosa, si estás en un bar y sabés la hora exacta, te quedás más tiempo o menos tiempo que si no la sabés? Hay incluso locutorios y oficinas de correo que no tienen reloj. Pero en todo caso, los relojes son baratos... se consiguen grandotes berretones por no más de quince pesos.
El otro día, caminando un par de cuadras desde Cabildo y Juramento para adentro me encontré con que los comerciantes de Belgrano sí se preocupan por la hora. En una cuadra y media conté sin demasiado esfuerzo unos siete relojes adentro de negocios antes de cansarme del ejercicio y determinar que algo raro hay detrás de todo esto.



