2005-06-09

Regreso Ilustrado 2: Si esto es Chacarita entonces son las 6:30


Buenos Aires se despierta y no sabe qué hora es.

En la postal de toda ciudad con la que ilustraban los cuentos que leía cuando niño siempre había relojes en la ciudad. Sea en el frente del banco, en un poste en la plaza, en la iglesia... los habitantes aún de pueblos chicos podían saber la hora sin tener reloj, llamar al 113 o mirar en la tele. No es lo que pasa en Buenos Aires, donde no hay suficientes relojes públicos. No suficientes para mí, en todo caso.

Aquellas veces en las que quiero saber la hora sin preguntar y sin sacar la Palm de la mochila (la forma más inmediata de averiguar la hora que tengo) busco y busco en las alturas y en los interiores de los negocios, y es de festejo el día en que encuentro así la hora.

Lo que es seguro, y esto lo tengo en claro, es que no pretendo que el gobierno ponga relojes por todos lados. Prefiero que gasten la plata en otra cosa, y no digo cuál, pero otra cosa de las que hace más falta. Pretendería que los comerciantes pongan relojes grandotes adentro de sus locales, bares, bancos, pizzerías. ¿No le encuentran utilidad a que sus empleados o clientes sepan la hora? ¿Cómo es la cosa, si estás en un bar y sabés la hora exacta, te quedás más tiempo o menos tiempo que si no la sabés? Hay incluso locutorios y oficinas de correo que no tienen reloj. Pero en todo caso, los relojes son baratos... se consiguen grandotes berretones por no más de quince pesos.

El otro día, caminando un par de cuadras desde Cabildo y Juramento para adentro me encontré con que los comerciantes de Belgrano sí se preocupan por la hora. En una cuadra y media conté sin demasiado esfuerzo unos siete relojes adentro de negocios antes de cansarme del ejercicio y determinar que algo raro hay detrás de todo esto.

2005-06-02

Regreso Ilustrado 1: Aguas Mayormente Inodoras


Caminando y leyendo

En algún momento hace muchos años mi tiempo para sentarme a leer desapareció. Decidí entonces aprovechar la pericia desarrollada cuando niño: mi abuela me llevaba a buscar el último número de Billiken al puesto de diarios y yo lo leía por la calle volviendo a su casa. Desde entonces leí una gran variedad de cosas "en movimiento", novelas, libros de rol, libros de no-ficción (libro "de realidad", serán) y textos.

Hoy día cargo por las calles un voluminoso volumen (¡traicionera redundancia!) titulado "Finanzas", de Bodie y Merton, del que espero recibir la iluminación monetaria (el Buda Financiero) o buena parte de ella. Con sus primeras 77 páginas el libro ya me abrió varias ventanas desde las que observar a la temeraria "Mente Empresarial", un mapa de continentes ocultos. En su secreto mantienen viva a la realidad como la conocemos.

Por la calle libro bajo el brazo, giro en la peligrosa esquina de Gallardo y Corrientes, y a la habitual pericia necesaria para navegar esa intersección se suma el obstáculo promocional: Hola ¿no querés probar agua Cepita saborizada?

¿Agua Cepita saborizada? ¿A diferencia del agua Cepita no-saborizada decís?

"El del agua saborizada es uno de los últimos grandes negocios inventados, y Cepita no se quiere quedar afuera." el tipo ese del subte que habla de Marketing es mi héroe... quiero ir a cenar con él y que me cuente anécdotas toda la noche.

Cepita finalmente encontró la manera de diluir el jugo a niveles absurdos y que la gente siga pagando casi lo mismo por él.