Transformadas VI - Soledades
La caminata terminó en el Village Recoleta. Me senté en el patio de comidas a estudiar un rato, esperando que se hiciera la hora de la película. Estaba sentada a unos pocos metros de mí.
El Village Recoleta no es el lugar más típico para que yo estudie. Generalmente voy a Aroma, donde al lado de la ventana soy como parte del amoblado, sentado en una silla alta a la que espero que a mi muerte le pongan una chapita en conmemoración. Antes de ser parroquiano de Aroma era habitué del patio de comidas del Abasto, donde estudiaba en medio de la batahola.
Cuando uno pasa suficiente tiempo en el mismo lugar empieza a reconocer a la gente, y uno a uno va reconociendo a los otros personajes con los que comparte el segundo hogar. En el caso del Abasto nadie me llamaba tanto la atención como la mochilera. Una mujer joven, de aspecto intrigante, muy prolija, que me recordaba a las actrices de la Nouvelle Vague por como se delineaba los ojos. Practicamente habitaba el patio de comidas, siempre llevando una mochila y alguna bolsa, y fue bastante tiempo después que me dí cuenta de que con mucha sutileza se sentaba en alguna mesa con una bandeja de comida sin terminar, y se la llevaba para otra mesa, donde comía o envolvía las sobras. También era asidua lectora de vaya a saber uno qué, moviendo lentamente los labios mientras leía.
La mochilera estaba en el Village, sentada a pocos metros de mí. Tenía el pelo todavía atado en una colita prolija, anteojos de sol como vincha, un colgante en el cuello. Su ropa era otra, muy prolija, muy invisible, como siempre: remera negra, pantalón gris, alpargatas negras. Sus ojos seguían ocultos bajo sombras espesas, como los de Britney. Su equipaje creo que no era el mismo. Llevaba una carterita tipo mochila, una cartera con dos manijas un tanto más grande (las dos negras), las dos llenas en discreto límite (no como mi mochila a punto de reventar). Un bolsito azul parecía una funda de bolsa de dormir. Leía y cada tanto miraba a la gente. Me miró y creo que me reconoció.
A Emiliano le había encantado escuchar sobre la mochilera. Decía que siempre había pensado que si alguna vez caía en la desgracia económica, iba a vivir como ella.


