2005-02-24

Transformadas VI - Soledades

La caminata terminó en el Village Recoleta. Me senté en el patio de comidas a estudiar un rato, esperando que se hiciera la hora de la película. Estaba sentada a unos pocos metros de mí.

El Village Recoleta no es el lugar más típico para que yo estudie. Generalmente voy a Aroma, donde al lado de la ventana soy como parte del amoblado, sentado en una silla alta a la que espero que a mi muerte le pongan una chapita en conmemoración. Antes de ser parroquiano de Aroma era habitué del patio de comidas del Abasto, donde estudiaba en medio de la batahola.

Cuando uno pasa suficiente tiempo en el mismo lugar empieza a reconocer a la gente, y uno a uno va reconociendo a los otros personajes con los que comparte el segundo hogar. En el caso del Abasto nadie me llamaba tanto la atención como la mochilera. Una mujer joven, de aspecto intrigante, muy prolija, que me recordaba a las actrices de la Nouvelle Vague por como se delineaba los ojos. Practicamente habitaba el patio de comidas, siempre llevando una mochila y alguna bolsa, y fue bastante tiempo después que me dí cuenta de que con mucha sutileza se sentaba en alguna mesa con una bandeja de comida sin terminar, y se la llevaba para otra mesa, donde comía o envolvía las sobras. También era asidua lectora de vaya a saber uno qué, moviendo lentamente los labios mientras leía.


La mochilera estaba en el Village, sentada a pocos metros de mí. Tenía el pelo todavía atado en una colita prolija, anteojos de sol como vincha, un colgante en el cuello. Su ropa era otra, muy prolija, muy invisible, como siempre: remera negra, pantalón gris, alpargatas negras. Sus ojos seguían ocultos bajo sombras espesas, como los de Britney. Su equipaje creo que no era el mismo. Llevaba una carterita tipo mochila, una cartera con dos manijas un tanto más grande (las dos negras), las dos llenas en discreto límite (no como mi mochila a punto de reventar). Un bolsito azul parecía una funda de bolsa de dormir. Leía y cada tanto miraba a la gente. Me miró y creo que me reconoció.

A Emiliano le había encantado escuchar sobre la mochilera. Decía que siempre había pensado que si alguna vez caía en la desgracia económica, iba a vivir como ella.

4 Comentarios:

Blogger henry dijo...

En cierto sentido uno siempre le pone etiquetas a los elementos con los que se relaciona en los lugares que frecuenta, es mas facil asi, poder convivir con la incertidumbre de que en realidad no tenemos la misma minima idea de que es lo que nos rodea.

Pero volviendo al tema en si. Yo tambien tenia mi coleccion de desconocidos favoritos. A mi me gustan los bares de viejos, esos con olor a grasita de papafrita que queda hasta las 17hs, esos lugares que por hasta el suelo suda las ventanas se empañan en invierno. Los lugares donde tambien, se sirven los mejores cafes.

El que estaba a la vuelta del Mariano Acosta era particularmente interesante, frecuentado por los chilenos pimps/traficantes de la zona, y los estudiantes que no teniamos nada mejor que hacer y nos ibamos a jugar rol y a tomar cafe barato y excelente.

Mi viejo favorito era un gordo camionero, bastante hablador. Siempre contaba peliculas que habia visto con su mujer la noche anterior. Las contaba tan bien que resultaban ser mas interesante que las mismas peliculas, y no perdias las 2 horas, sino que lograba condensar toda la accion en menos de 10 minutos. Naufrago me parecio excelente en su momento, pero cuando la vi fue una descepción.

2:40 AM  
Anonymous Dina dijo...

A mí me gustan los desconocidos del camino al trabajo, esos que se toman el subte con vos todos los días a la misma hora y se bajan en la misma estación, esos con los que caminás siempre un par de cuadras para el mismo lado, hasta que los caminos se separan y ya no sabés dónde terminan. Me gusta observarlos, como siempre me fijo si tienen anillo de casados. Analizo su vestuario, qué leen, qué comen, cómo se sientan, y trato de imaginarme todo lo que no se ve: su vida más allá del camino al trabajo.

6:39 PM  
Blogger Alex dijo...

En tu lugar... y de no estar comprometido, me hubiera puesto a charlar con la mochilera. Tal vez descubrias, entre un café y una charla amena, que cuando ella se refiere a vos lo hace como el mochilero.

10:54 AM  
Blogger Eric L dijo...

En las épocas de verla en el Abasto pensé varias veces en hablarle. Al menos me sentí mal por no hacerlo.

Eventualmente decidí que mejor no intentarlo, tenía miedo quebrar la represa de su silencio y no poder volver a estudiar al Abasto por la charla constante de la chica.

Y bueno, también tenía miedo de que saque un cuchillo y me mate, supongo.

11:00 AM  

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