Transformadas III - Pampa, miasma y espejos
"Mis ojos me dicen cosas" me decía Romina hace muchos años. A mí me parecía medio tonta la idea de un ojo hablando, y preferí desmerecerla para poder pararme orgulloso sobre el banquito de la ciencia que todo niño tiene a su disposición. Hoy sé que mis ojos me hablan, y es casi imposible callar su insoportable monólogo. No logro escuchar por encima de su ruido; me explican lo que estoy viendo antes de que yo pueda hacer mi propio y digno esfuerzo de darle sentido a los rayones de luz, el miasma colorido, el movimiento de lo quieto, lo inmediato de lo chato; todo al alcance de un cursor imaginario.
Miro a la ciudad durante mi caminata y no puedo ver Pampa entre la maraña sintáctica de túneles, cañerías, calles, veredas. ¡Ah, pero qué hermosa ciudad erguimos! Desconfío. Una ciudad es una empresa demasiado monumental. ¿Qué coordinación hay en miles de personas individuales volcando cemento sobre la tierra? ¿Qué armonía en edificios crecidos desparejos como yuyos? Y los carteles, siempre presentes, lanzados sobre el panorama gris como confetti. Autitos serpentina. La ciudad posiblemente sea fea, amorfa, de curvas obscenas y paralelas chocadas. ¿Pero cómo puedo mirarla realmente?
No puedo ver la ciudad. Supongo que nadie puede, y cada uno decide comprender la fantasía a su propia manera. Al revés que en la caverna de Platón: no vemos la sombra de la ciudad, sino los miles de puntos luminosos y coloridos proyectados por una bola de espejos.



0 Comentarios:
Publicar un comentario en la entrada
<< Home